Sin entrar en una discusión respecto a la llenura y/o bautismo del Espíritu, encontramos varios pasajes en el Nuevo Testamento que nos muestran que el Espíritu se recibe al poner la fe en Jesucristo y arrepentirse de los pecados. En el libro de los Hechos el apóstol Pedro dice “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hch. 2:38), claramente Pedro enseña que para que un pecador pueda tener la gracia de Dios debe arrepentirse y bautizarse, lo cual no era realizado pasando meses o años de asistencia a un templo, como hoy en día, sino de inmediato. Ante el Sanedrín judío Pedro dice que Dios dio su Espíritu a los que le obedecen en arrepentirse (Hch. 5:31, 32).

Luego, cuando el mismo Pedro fue ante Cornelio y su familia, quienes eran gentiles, y les expuso el evangelio de Jesucristo el Espíritu Santo cayó sobre ellos, y fueron bautizados en agua (Hch. 10:34-48). En este caso el Espíritu vino antes del bautismo en agua, o más bien fue inmediato, y manifiesto a los judíos que lo veían cuando ellos oyeron y creyeron.

Más adelante en Hechos 19 cuando Pablo llegó a Éfeso y encontró ciertos discípulos les preguntó “¿recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.” (19:2) Notemos la pregunta tan fundamental que hizo el apóstol Pablo. La misma pregunta nos da la respuesta: El Espíritu Santo se recibe al creer en Jesús. Sin embargo, ellos no sabían sobre la existencia del Espíritu Santo y poco o nada sobre Jesucristo. Ellos creían en Dios pero no sabían sobre la trinidad y la obra de cada uno para salvación, solo eran bautizados en el bautismo de arrepentimiento de Juan (3). A partir de eso Pablo les enseñó que necesitaban creer en Jesús quien fue anunciado por Juan y se bautizaron en nombre de Jesús. Habiéndolo hecho Pablo les impuso las manos, y hablaron en lenguas, y profetizaban por la acción del Espíritu que vino a ellos (6).

Años después Pablo escribe una carta a los efesios recordándoles: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,” (Ef. 1:13). Aquí tenemos un proceso: oír el evangelio, creer en él y como consecuencia ser sellados por el Espíritu.

La carta a los gálatas fue escrita por Pablo al ver que se habían vuelto a las obras de la ley y habían dejado la fe como forma de justificación. Pablo estaba realmente admirado porque habían dejado al Espíritu Santo y estaban confiando en la carne, por eso les hace la pregunta: “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá. 3:2) la respuesta obvia era por el oír con fe, no por la ley. En el Antiguo Testamento Dios dio a su pueblo la ley en tablas de piedra, mandamientos que fueron quebrantados con su desobediencia. Entonces Dios prometió poner sus leyes en los corazones (Jer. 31:31-34, Ez. 36:26,27) para que le fueran obedientes, esta es la promesa del nuevo pacto. No es una recompensa al esfuerzo humano. Aquel que oye lo que Jesús hizo en la cruz y cree en su resurrección es justificado, perdonado y recibe el regalo del Espíritu para poder vivir en la vida que a Dios le agrada. Pablo les recuerda experiencias pasadas con el Espíritu (Gá. 3:4,5), la suministración del Espíritu y los milagros vividos no eran por cumplir con la ley sino por oír con fe el mensaje de salvación. Recordemos “estas señales seguirán a los que creen…” (Mr. 16:17), y esto por la operación del Espíritu.

Otra manera de comprobar el recibimiento del Espíritu en la conversión es a través de la adopción de nosotros como hijos de Dios. En Gálatas 4:4-7 nos habla de cómo Dios envió a nuestros corazones el Espíritu Santo haciéndonos hijos de Dios, ya no más esclavos, y podemos clamar “¡Abba, Padre!”. Es decir, no podemos llamar Padre a Dios con propiedad y derecho sino es porque el Espíritu mora en nosotros y produce esta convicción y expresión desde nuestros corazones (Cf. Ro. 8:14-17). Pablo llega a decir que si alguien no tiene el Espíritu no es de él (Ro. 8:9). Tener al Espíritu es tenerlo morando o habitando en nuestros corazones. Pablo dice “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16)

Por tanto, el Espíritu no solo da convicción de pecado, da fe, arrepentimiento, y regeneración, sino que al hacerlo viene a morar al corazón del creyente sellándolo para salvación y dándole testimonio de la adopción como hijos. Concluimos pues que el Espíritu se recibe al creer. ¿Qué es lo que necesitamos para la vida cristiana que Dios vio urgente darnos? No fue ni siquiera una iglesia, aunque sea importante, no fue ni siquiera una Biblia porque hay quienes la tienen y no la viven: es su Espíritu, Dios mismo habitando por la fe en nosotros.