La unidad del Espíritu de la cual Pablo habla en Efesios 4:3 “solícitos en guardar la unidad del Espíritu…” se refiere a la unidad que el Espíritu Santo produce con Dios y con los miembros de la iglesia, en que siendo de orígenes tan diversos llegamos a ser uno. Jesús pidió al Padre para que los que creyeran por el testimonio de los discípulos fueran uno como el Padre y el Hijo son uno y compartió con ellos su gloria para que lograran este fin (Jn. 17:21,22). El agente que logra este fin es el glorioso Espíritu Santo. ¿Qué hace ser uno a la trinidad? el Padre, el Hijo y el Espíritu son personas divinas distintas pero no son tres dioses, comparten amor, propósito, comparten la gloria; si bien son distinguibles en su personalidad y en sus funciones son uno en voluntad y en amor; así debe ser la iglesia.

La unidad que produce el Espíritu ocurre en el momento de la conversión al unirnos al cuerpo de Cristo. Si Pablo nos habla de mantener esta unidad es porque las diferencias personales, gustos y problemas tienden a separarnos, pero la unidad espiritual es mayor que todo eso. El mundo está dividido por cuestiones temporales como las diferencias culturales (lengua, costumbres, comidas), sociales, de edad, de educación pero el Espíritu genera una sola iglesia.

Cuando Dios levantó a Israel lo separó de las otras naciones, al hacerlo el resto de naciones estaban excluidas. Pero en la iglesia quitó las paredes de división: “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.” (Ef. 2:18,19). El Espíritu nos capacita para entrar ante el Padre por medio de Jesús, él da el acceso al Padre y nos coloca en la misma posición de hijos ante el Padre, aún siendo tan distintos. Así que ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.

Pablo habla de esta unidad espiritual en 1 Co. 12 cuando se refiere que el cuerpo es uno, aunque tenga muchos miembros que tienen diferentes funciones, “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.” (1 Co. 12:12). Unidad no significa hacer todos lo mismo, sino cada quien hacer cosas diferentes para el bien común. Lo que produce esta unidad es la acción del Espíritu que nos hace partícipes del cuerpo, de su presencia y nos hace ser hijos de Dios. Pablo dice: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Co. 12:13). Dios quitó las barreras que el mundo puso para hacer una iglesia multicultural, diversa y variada, “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gá. 3:28).

La iglesia es una porque comparte un cuerpo, un mismo Espíritu, una misma esperanza, un Señor (Jesús), una fe, un bautismo, y un Dios y Padre (Ef. 4:4-6). Esta unidad espiritual que genera el Espíritu santo debe ser guardada en el vínculo de la paz (Ef. 4:2) renunciando a la división, los pleitos, murmuraciones y chismes. Pablo nos enseña sobre algunas actitudes que al vivirlas nos hacen estar en paz, armonía y unidad: La humildad, la mansedumbre y la paciencia mutua (Ef. 4:2). Hacer las cosas con humildad, no por envidia o vanagloria (Fil. 2:3,4). Y manteniendo un servicio de amor (Col. 3:12-14) y siendo unánimes (Fil. 2:2).

La iglesia debe trabajar en unidad, adorar en unidad, testificar en unidad y amor. Solo así seremos la iglesia que Dios desea.