Se puede conocer a un hombre por cómo habla. Cristo estipuló una verdad sencilla “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). El aspecto externo o la práctica religiosa no son formas claras para determinar la naturaleza del ser humano sino sus acciones y palabras. Los fariseos por ejemplo, eran quiénes más guardaban las leyes de Moisés pero envidiaban y odiaban a Jesús diciéndole que echaba fuera demonios por Beelzebú, ofendiendo y blasfemando al Espíritu.

Estas palabras duras no podían surgir de un buen corazón. El árbol se conoce por sus frutos, el árbol bueno da buenos frutos y el árbol malo da malos frutos (Mt. 12:33). Sin temor a equivocarse Jesús concluyó que eran una generación de víboras (Mt. 12:34) cuyo veneno pretendía herir y destruir su vida. Era realmente imposible que ellos pudieran hablar lo bueno siendo malos. No se podía esperar otra cosa de ellos, esta maldad le salía por los poros cuánto más por medio de sus palabras lastimeras. El apóstol Pablo refiriéndose a los impíos dice que uno de los primeros malos frutos visibles es el de las malas palabras:

Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
Su boca está llena de maldición y de amargura. (Ro. 3:13,14)

El hombre bueno tiene un buen tesoro del cual saca cosas buenas y el malo solo saca cosas malas pues no hay nada bueno en él (Mt. 12:35). No es que “se le salió” como decimos, sino que no hay amor, no hay paz, ni gozo, solo celos, rencor, ira, pleitos, etc.

El juicio según las palabras

Jesús declaró que en el día de juicio todos tendremos que rendir cuentas por cualquier palabra inútil que se haya pronunciado (Mt. 12:36). A las palabras no se las lleva el viento. Las palabras no se olvidan sino quedan grabadas ante la presencia de Dios. Las palabras dichas tienen un efecto dañino o de beneficio. Muchas expresiones de nuestra boca son dichas sin pensarse, son palabras ociosas que están demás y serán tropiezo para nosotros en el día del juicio final.

Por tanto, debemos tener autodominio sobre nuestras palabras sino también limpiar la fuente para que salga agua buena, debemos procurar tener una buena raíz del corazón para que el fruto sea bueno. Las palabras que pronunciemos harán que seamos declarados inocentes o culpables (Mt. 12:37), si confesamos a Cristo o lo negamos.