Las cosas secretas pertenecen al Señor, pero las reveladas a nosotros y a nuestros hijos (Dt. 29:29). De ninguna manera ningún ser humano podría aseverar con certeza el por qué Dios permite ciertos acontecimientos, a menos que tuviese algún tipo de revelación especial, puesto que las acciones de Dios en el mundo pertenecen a sus decretos secretos y soberanos. No obstante, lo que sí podemos hacer es tratar de conocer su voluntad mediante las cosas reveladas en la Escritura, observando como Dios ha obrado en el pasado, y mediante el conocimiento de su carácter eterno para así tener una perspectiva más acorde a su voluntad.

Así como sabemos que lloverá si vemos nubes negras, y que habrá calor cuando sopla el viento sur (Lc. 12:54,55) así también podemos saber cosas del momento histórico en el que nos hallamos. Jesús reprochó a los fariseos “¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?” (Lc. 12:56), por tanto, somos llamados a tener cierto nivel de entendimiento en la interpretación de los acontecimientos viendo de qué manera está Dios obrando a través de ellos.

¿Fue Dios el causante del coronavirus o solo es la naturaleza con sus imperfecciones la que degeneró en este mal? Esta dicotomía en realidad supone que la naturaleza tiene una funcionalidad independiente de Dios, lo cual no tiene un apoyo bíblico o teológico. Los cristianos creemos en la providencia, que es la creencia que Dios no dejó al mundo abandonado actuando por sí mismo (deísmo) sino que el sostiene y dirige todo lo que sucede en el universo. 

Génesis nos dice que Dios hizo todo muy bien (Gén. 1:31), y que fue la por la Palabra de Dios que fueron hechos los cielos y la tierra (Sal. 33:6, 1 P. 3:5). Esto significa que fue Dios quien hizo plantas, animales, y también a los seres vivos minúsculos como son los miles de virus y bacterias que existen en el planeta. También indica que originalmente todo esto carecía de malignidad para el ser humano. Por su parte el Nuevo Testamento nos enseña que Jesús sostiene con su Palabra todas las cosas (Heb. 1:3), lo que implica que él hace no solo que las galaxias sean sostenidas por la fuerza de la gravedad, que los átomos estén unidos por las fuerzas nucleares, sino que también que cada ser vivo, incluyendo los virus, pervivan en las funciones y propiedades con las que fueron dotadas, incluso enfermar.

La palabra creativa y sustentadora de Cristo implica que todo lo que él ordena o decreta se cumple para que cada cosa o ser haga aquello para lo cual fue creado. Originalmente esta creación fue hecha para el bien, pero llegado el pecado entró la maldición de la muerte, y la generación de espinos y cardos (Gén. 3). Una maldición no es algo etéreo causada por un espíritu como se maneja en la jerga espiritualista sino es simplemente el retiro de la bondad de Dios en la naturaleza. La maldición de la tierra es un decreto divino sobre el mundo, esta es una ley sobre los seres vivos y cosas que ocasiona el deterioro y destructividad de lo material.

Pablo enseña que esta creación está sujeta a vanidad y esclavitud de corrupción, y añade “no por su propia voluntad, sino por causa del que lo sujetó en esperanza” (Ro. 8:20,21). Esto supone que Dios actúa a cada instante en nuestros mismos organismos para el envejecimiento, la posible entrada de agentes externos que causan enfermedades, alteraciones del ADN que producen mutaciones en los organismos como los virus y de ahí la muerte misma. Pero el texto nos dice que no es la naturaleza quien tiene voluntad como si tuviese algún tipo de inteligencia o espíritu, sino que es por causa de Dios para así darle esperanza en Cristo.

Pero veamos cómo actúa la palabra de Cristo como una ley en la naturaleza. Cuando Dios dio respuesta a Job por el sufrimiento que le había sobrevenido, antes que achacar las causas a Satanás quien lo había instigado, preguntó si dónde estaba cuando creó todo y le puso límites al mar diciéndole “llegarás hasta aquí” y si él podía dar órdenes a la aurora para que amaneciera (Job 38:11,12). El establecimiento de estas leyes naturales y la permanencia diaria de ellas es obra de Dios.  

El Señor le enseña a Job que solo él sabe dónde guarda la nieve y el granizo para el tiempo de angustia, para el día de la guerra (Job. 38:22,23). Este texto implica que, si bien el hombre conoce ciertas cosas, aunque la ciencia se haya incrementado tanto en los últimos siglos, todavía le es inaccesible mucho conocimiento. La realidad es que entre más el hombre descubre más se hace consciente de lo mucho que ignora. Tampoco el ser humano es capaz de controlarlo, solo el Señor soberanamente puede usar estos “depósitos” para el día del castigo como con el faraón (Ex. 9:13-35) o el día de la batalla para destruir a sus enemigos (Jos. 10:11). De ahí que tanto los actos ordinarios como los extraordinarios de la naturaleza ocurren de acuerdo a su voluntad. Lo anterior no implica que el hombre no pueda descubrir el funcionamiento de la naturaleza y llegar a usarlo, eso no contradeciría la providencia.

Hablando por medio de Jeremías dice el Señor:

 Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche, que parte el mar, y braman sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre: Si faltaren estas leyes delante de mí, dice Jehová, también la descendencia de Israel faltará para no ser nación delante de mí eternamente. 

Jer. 31:35,36

Aquí Dios dice que las leyes de la naturaleza, las físicas, químicas y biológicas son permanentes, seguras, tan firmes como la palabra de su pacto para con su pueblo. Esta es la base del pacto noético (Gén. 8,9). Luego de que Dios destruyó el mundo por medio de un diluvio de aguas que cayó por 40 días prometió no volver a maldecir la tierra con aguas y destruir a todo ser viviente, sino que “mientras el mundo exista, habrá siembra y cosecha; hará calor y frío, habrá invierno y verano, y días con sus noches” (Gén. 8:22, DHH). Hay cierto orden en el universo, hay regularidad la cual nos da cierto grado de confiabilidad. Los fenómenos naturales no rompen los ciclos de la naturaleza, pero están circunscritos a ellos como parte de la misericordia continua de Dios. Esto no implica que en ocasiones haya desastres naturales ocasionados por una tierra vieja y enferma, entre más nos vamos acercando al tiempo de la terminación de este mundo. A su vez, esa promesa permite el estudio y la predictibilidad al descubrir las leyes físicas por medio de la ciencia y así poder desarrollar la tecnología con la que hoy contamos.

Volviendo al asunto del coronavirus ¿Podemos decir que fue Dios quien lo mandó? Y si es así ¿por qué? En primer lugar, Dios creó los virus incluyendo este, el hombre no puede crear nada solo hacer uso de las leyes de causa y efecto que “lo que se siembra, se cosecha” (Gá. 6:7). O como dice Pablo “yo sembré, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Co. 3:6), esto por quienes dicen que es un virus “creado” en un laboratorio. Por otra parte, si dicho virus es el producto de una mutación “natural” y “accidental” tampoco podemos decir que Dios no estaba al tanto, sino que él estableció las leyes que la permitirían dentro del contexto de este mundo caído. Independientemente de la explicación científica que haya, podemos aseverar que esto es parte del juicio general dado a la humanidad desde el huerto del Edén.

Dios no es responsable del mal pero él sí lo permite, en todo caso el mal funcionará para sus propósitos buenos al fin de cuentas. Él dice: “Yo formo la luz y creo las tinieblas, traigo bienestar y creo calamidad; Yo, el SEÑOR, hago todas estas cosas.” (Is. 45:7, NVI)

Hay dos ejemplos clásicos sobre la acción divina en la naturaleza donde no necesariamente se señalan pecados específicos y es el tiempo de hambruna en el tiempo de José y el que vino en el tiempo del emperador Claudio y fue profetizado por Agabo. En ambos casos, y en otros, no se menciona alguna relación con un juicio divino particular pero sí como algo que Dios envió: “Dios ha mostrado a faraón lo que va a hacer” (Gén. 41:25).  Estos avisos divinos por revelación llevaron a una preparación para salvación de vidas pues el deseo divino no era destruirlos. José llamó a una recolección y almacenaje para los tiempos de escasez y en el caso de los discípulos determinaron enviar socorro para los hermanos de Judea (Hch. 11:29).

Notemos que a diferencia de otras ocasiones Dios no obró milagrosamente en estos casos para resolver el problema, sino que se requirió de las acciones humanas para paliar la necesidad. No requirió de una expiación u oración particular de arrepentimiento del pueblo de Dios. Hoy en día nuestras acciones humanas acordes a la providencia serían la administración sabia de nuestros gobiernos de los recursos, el uso de la ciencia y la tecnología para hallar medicinas, las medidas de prevención como el aislamiento, y el envío de ofrendas o ayudas a los más necesitados.

Dios dijo a la iglesia de Filadelfia que lo guardaría de la hora de la prueba, que vendría sobre el mundo entero para probar a sus moradores por cuanto habían sido fieles a la palabra de su paciencia (Ap. 3:10). Estas tribulaciones generalizadas sobre el mundo son pruebas para la humanidad que traen aflicción y dolor. No obstante, es posible que Dios guarde (proteja) a su pueblo del mal como hizo con la familia de José que fue llevada a habitar en la tierra fértil de Gosén en tiempos de gran hambruna. Esto es una promesa para aquellos que se mantienen fieles a la palabra de la paciencia, es decir, gente que ha pasado tiempos difíciles en el pasado, pero han permanecido fieles a Dios sin negarle.

Ya de entrada podemos notar que una crisis como la actual podemos denominarla como una prueba mundial y un juicio general no necesariamente como un juicio o prueba particular que Dios ha enviado o permitido. No obstante, en el siguiente artículo estaremos analizando los conceptos de juicio y prueba particulares si son aplicables a esta situación.