Luego de la confrontación con los fariseos quienes decían que hacía milagros por obra de Beelzebú su madre y sus hermanos fueron a buscarlo para hablar con él (Mt. 12:46). La familia de Jesús vivía en Nazaret donde también había vivido José y se habían quedado afuera pues no podían pasar por tanta gente que estaba ahí reunida en esa casa. Pero cuando le dijeron “He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar.” (Mt. 12:47), la respuesta de Jesús fue tajante “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.” (Mt. 12:48,49)

¿Por qué querían hablar con él? y ¿por qué Jesús respondió de esa forma? Según Marcos 3:21 los suyos decían que estaba fuera de sí y habían ido por él a buscarlo para llevárselo, es decir, algunos consideraban que tenía demonio o que estaba loco (Jn. 10:20), tal vez la familia vino para llevárselo discretamente. Desde la edad de doce años Jesús advirtió cuando era buscado por sus padres y estaba perdido que si no sabían que en la casa de su padre tenía que estar (Lc. 2:49), no obstante estuvo con sus padres sujeto hasta que llegó la hora de cumplir el llamado y ahora no podía volver atrás.

Mientras que María tenía la conciencia de que su hijo sería el salvador y ella misma había procurado su primer milagro, no así sus hermanos. tenía que haber sido un asunto importante como para tomarse la molestia para ir toda la familia. En Juan 2 indica que si bien Jesús habría comenzado su ministerio cerca de su familia mostrando su gloria en Caná, sus discípulos creyeron en él, pero no los hermanos. De allí Jesús se movió a otras partes de Galilea para seguir predicando, y a otras partes. Según nos revela Juan 7:3-5 los hermanos de Jesús no creían en él.

¿Quiénes eran estos hermanos? Si bien la palabra griega adelfos puede referirse a hermanos carnales o a parientes, no hay una base bíblica para considerar que estos eran parientes y no hermanos a menos que se crea en la virginidad perpetua de María. Cuando la gente de Nazaret oyó las enseñanzas de Jesús se preguntaban: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros?” (Mt. 13:55,56). Independientemente si eran hijos reales de María o parientes esto queda sin mucha relevancia por lo que dijo respecto a que su familia eran sus discípulos.

Jesús no negó el valor y la importancia de la familia física sino reafirmó la conexión espiritual de la familia de la fe y la lealtad que él tiene para con los suyos. Jesús sabía que su familia tenía un cierto rechazo a la obra que él estaba haciendo. El Hijo de Dios había dicho que él no traería paz sino espada y que en una misma casa habría división por su causa llegando algunos a estar dispuestos a entregar a sus propios padres o hermanos (Mt. 10:21, 34-37), y él mismo sufrió el rechazo y la incomprensión.

Jesús dijo que sus discípulos eran su madre y sus hermanos “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.” (Mt. 12:50). Jesús no se avergüenza de llamar hermanos a sus discípulos y prometió hablarles del Padre (Heb. 2:11-14). Los hijos de Dios son los que reciben a Jesús y creen en su nombre (Jn. 1:12) no el pueblo en general al cual él había venido, ni su familia física en general. Es esta familia espiritual la que permanecerá para siempre en el cielo aunque la familia física se deshaga por la muerte y no todos quieran aceptar a Jesús.

Hacer la voluntad de Dios es lo que nos hace formar parte de esta gran familia. La voluntad original de Dios fue hacernos parte de una sola y gran familia pero el pecado nos separó. María hizo la voluntad de Dios al ponerse a disposición del Padre para dar a luz al Salvador y sus hermanos Jacobo, Simón, José y Judas luego creyeron al Señor luego de resucitar formando parte de la familia espiritual de Jesús. La relación de María con Jesús no fue al final de un valor físico o sanguíneo sino por haber recibido al Salvador. En este sentido todos aquellos que hacen como Pedro, Juan, Andrés o María son colocados a la par de una relación con Jesús y esto es lo más importante, pues “todos vosotros sois hermanos” (Mt. 23:8). Pablo enseña: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:19)