Corría el año 874 a.C. cuando comenzó a reinar en Israel un rey llamado Acab que se casó con una mujer malvada llamada Jezabel hija del rey de Sidón e incitó a Acab y al pueblo a adorar a sus dioses Baal y Asera en altares que mandó construir. Asera se decía que era la madre de Baal y en otras mitologías aparece como su esposa. Estos eran los dioses de la fertilidad y de la lluvia. Dios dispuso cancelar el envío de la lluvia que ellos pensaban obtenían al hacer sus rituales a Baal, al ver que su dios falso no podía mandar lluvia tendrían que reconocer que Jehová en verdad es quien tenía el control sobre la naturaleza. Un día el profeta Elías se presentó ante Acab para decirle “Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.”

Así que el cielo se cerró, los meses pasaron y ni una gota de lluvia llegó, ni la lluvia temprana ni la tardía, los pozos se secaron y la gente empezó a desesperarse, las plantas se secaron y no había para dar de tomar a los animales y seres humanos. Esto no era obra de Baal, ni tampoco de un simple fenómeno natural sino por la palabra de Elías que estaba en presencia de Jehová. La Palabra habitaba en Elías y su palabra no era otra que la de Dios. Por medio de la palabra Jehová sostiene la creación y por su palabra detiene la lluvia y permite las pandemias para sus propósitos santos. Pero ¿cómo sobrevivirían los justos en medio de esta crisis general que traería hambre, pobreza y muerte? Por medio de la palabra.

Dios envió a esconderse a su profeta en el arroyo de Querit para que allí bebiera del arroyo y comiera de los cuervos que enviaría. Elías obedeció y se escondió donde Dios le dirigió a hacerlo. El Señor lo sostuvo por medio del agua del río y sobrenaturalmente enviando cuervos con pan y carne. Esto lo sostuvo por un tiempo. El mismo que puede enviar o detener la lluvia también puede obrar en animales pues todo le obedece. La providencia divina significa que Dios puede permitir la crisis y a su vez sostenernos en medio de ella. Es la palabra la que dirige al justo y es el decreto divino a quien atienden plantas y animales para darnos lo necesario. Ante una situación semejante de persecución y sequía ¿qué haría el siervo de Dios si esta puerta se cerraba? Dios de inmediato abrió otra puerta. En esta ocasión en la misma ciudad de dónde provenía la malvada reina Jezabel, en Sidón, en aquella ciudad de los fenicios donde proliferaba el culto a Baal y Asera. Ahora Dios había ordenado a una viuda que lo sustentara para demostrar que él puede sostenernos a través de los medios más improbables y que no es con espada, ni con ejército sino con su Espíritu.

Pero algo tuvo que hacer Elías: obedecer. Pero no podría obedecer si no hubiera escuchado la dirección divina y no podría hacerlo si no mantenía una relación de dependencia y confianza en Dios. No hubiera sucedido sin la obediencia de aquella mujer. Elías no cuestionó la orden, allí Dios había preparado a esta mujer. Una mujer cuya esposo murió tal vez de enfermedad o tal vez yendo a la guerra, desamparada, muy pobre y con la terrible agravante que la sequía también les había tocado. ¿Podría Jehová demostrar que no se requiere a Baal para tener agua y pan en la tierra de Baal? Ese era el plan, ¿en qué confías? ¿cuál es tu Baal? ¿en qué pones tu esperanza? ¿es el gobierno? ¿tus familiares? ¿tus posesiones? ¿O es en su palabra? Recuerda que no solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca divina.

Al llegar ve a esta mujer en la puerta de la ciudad recogiendo leña y él la llamó “Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.” Y ella fue a traérselo. Sin duda era pobre, pero generosa, hospitalaria y obediente a Dios. Es una realidad que los que sufren saben compartir y ayudar al prójimo. 

Al volver, el profeta le dijo “Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.” ¿por qué pedirle a alguien que languidece de hambre cuyas vestimentas sucias muestran una extrema pobreza? Porque él creía la Palabra divina que Dios la sustentaría mediante esta mujer. La mujer respondió “Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir.” ¡Qué semejante cuadro más desgarrador! Antes de llegar Elías, la mujer dijo “esto es lo último, luego de comer moriremos”. Dios siempre llega a tiempo.

Como toda madre ella debía ver por su hijo, pero oyó la palabra de Dios que le dijo por medio de Elías: “No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.” No tengas miedo que no morirás. Los creyentes somos llamados para traer palabras de paz y esperanza al angustiado que cree que las puertas se han cerrado y ya no hay salida. Mujer, no temas; anciano, madre de familia, padre de familia, no temas. Obedece a Dios. Escucha lo que Jehová dijo: “La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra”. Dios hará un milagro de provisión con lo escaso, con lo poco que tienes en la bolsa, y esto será durante todo el tiempo de crisis.

En obediencia la mujer fue y dio de comer al profeta y ella comió y su hijo muchos días pues como Dios dijo la harina no escaseó ni el aceite menguó. ¿Te atreves a compartir en el tiempo de la crisis a aquel que está hambriento o en pobreza tal vez igual que tú? Jesús dijo que el que da a un profeta, recompensa de profeta tendrá; y cualquiera que diere un vaso de agua a uno de los creyentes más pequeños no perderá recompensa en tiempos de crisis (Mt. 10:40-42). La bendición viene al compartir por la fe en la Palabra. Si solo puedes bendecir a una viuda, a una persona pobre, a un enfermo, haz como Elías, ora para que Dios te dirija.

Todo iba bien, sobreviviendo por la gracia en medio de la crisis, pero un día el hijo de la señora se enfermó gravemente hasta morir. La mujer lloraba desconsolada por su hijo tomándolo en sus brazos ¿por qué Dios no lo había sanado? ¿por qué el Dios que les dio pan para sobrevivir permitió esta enfermedad?, la mujer le reclamó a Elías: “¿Por qué te entrometes, hombre de Dios? ¡Viniste a recordarme mi pecado y a matar a mi hijo!” La mujer reconocía que Elías era hombre de Dios, pero algo la hacía sentirse juzgada, que de alguna manera ese hombre que cerró los cielos también la juzgaba a ella por haber adorado a Baal y trajo la muerte del niño. Pablo decía “Para los que se pierden, este incienso resulta un aroma mortal, pero para los que se salvan, es una fragancia que les da vida.” (2 Co. 2:16)

Elías fue para que se salvara esta familia y mostrar la compasión del padre así que arrebató al niño y lo llevó a su cuarto y oró: ”Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo?” Elías reconoció que Jehová tenía el control de la vida de este niño y el dolor de aquella viuda era grande. Se tendió sobre el niño tres veces y oró: “Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él.” Y el Señor en su compasión le concedió vida, lo resucitó. Elías trajo al niño a su madre quien con gran felicidad exclamó que era un varón de Dios y la palabra de Dios era verdad en su boca. La mujer creyó a todo aquello que el profeta antes le había predicado. Todo aquello fue para su gloria porque pudo ver que hay un Dios que puede aún levantar a los muertos.

¿Qué hará Dios para demostrarte que su palabra es verdad? Es verdad su palabra de juicio, pero es verdad que él sustenta en tiempos de crisis por su palabra, ¿te atreves a confiar en tu creador?