Jesús dijo que el reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo que un hombre descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía para comprar ese campo (Mt. 13:44). Antiguamente al no existir los bancos había personas que podían esconder sus tesoros bajo tierra, otros en situaciones de guerra o escapando de un peligro podían dejar escondido ese tesoro. Aquel terreno tenía un dueño pero el desconocía que hubiese un tesoro allí. La persona no se robó el tesoro a escondidas sino que lo quiso adquirir legalmente. Si uno encontraba algo, decían los judíos, que si no era algo buscado o no pertenecía a alguien uno podía tomarlo para sí, pero al estar enterrado el tesoro pertenecía al dueño del campo. La única forma de tenerlo era comprando todo el campo.

Así que fue a vender sus pertenencias, posiblemente animales, casa y terrenos. Pero esa venta no la hizo con tristeza sino con suma alegría al saber que aquello no era un sacrificio sino la manera en que llegaría a ser rico. Pablo decía:

Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo

Fil. 3:7,8

Pero no todos en el reino hacen eso como lo muestran los evangelios cuando Jesús le ofreció un trato al jóven rico “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.” (Mt. 19:21, NVI). Aquel jóven se fue triste porque prefirió disfrutar las riquezas temporales. Entonces el reino de los cielos incluye tesoros eternos, riquezas espirituales en la venida de Cristo. Quienes comprenden esto, con alegría entregan todo a fin de recibir el reino prometido.

La sexta parábola de este capítulo es la de la perla de gran precio que dice el reino se parece a un comerciante que andaba buscando perlas finas y cuando encontró una de gran valor y preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y lo compró (Mt. 13:45, 46). En la parábola anterior al parecer alguien encontró el tesoro por casualidad, sin buscarlo en esta se trata de un comerciante que anda en busca de las mejores perlas. La primera puede representar bien a Pablo que sin buscar a Cristo este le salió al encuentro, en los buscadores podemos hallar a hombres religiosos como Lidia, Nicodemo, Cornelio y el eunuco que buscaban conocer a Dios a través de la verdad revelada en el judaísmo hasta que hallaron a Cristo.

Otra interpretación de estas parábolas es que quien compra el campo y la perla preciosa es Jesús entregando su vida comprando al mundo por medio de su sangre para poder obtener el tesoro de las almas redimidas. Pero la parábola enseña no solo el precio del reino sino la alegría y determinación para entregar todo por él sin reservas, no porque el reino se compre. En Éxodo 19 el Señor dijo a Israel que el mundo le pertenece pero si ellos le obedecían serían su especial tesoro y que él los cuidaría de sus enemigos. No es que ellos fueron mejores que los otros pueblos sino que por gracia los llamó a ser suyos. Ahora ese pueblo comprado no con oro, ni plata sino con su sangre es la iglesia.

Pues bien, cuando Jesús vino a buscar al mundo también les llamó a renunciar a todo lo que les impide entrar en el reino y aún a sus propias vidas. La salvación es gratis pero no salió barata, tampoco entraremos al cielo por las obras pero sí hay que hacer obras y vivir una vida sacrificada por el Señor. ¿Por qué? porque el reino vale la pena, porque es lo más valioso y hermoso del mundo, porque es para siempre.