¿Cómo puede el ser humano lograr amar, respetar y convivir con otros pese a sus diferencias y tener armonía con todo?

La unidad más que la desaparición de las diferencias individuales es buscar un mismo objetivo con respeto y amor, logrando armonía y comunión. A partir de las diferencias el hombre reconoce lo común en otros, se identifica y se une a grupos humanos, lo cual es bueno. Boff (1976) diría “La persona vive permanentemente en una comunidad de su identidad con sus diferencias.” (P.3). Primero la familia, luego el gobierno local, la religión, las clases sociales, etc. Pero la convivencia social con los otros no siempre es buena, a veces deriva en pleitos y guerras, o en indiferencia, miedo, odio, aún en esclavismo y opresión como en Latinoamérica.

Tener un solo pueblo es parte del plan eterno (Ef. 1:3-12). Dios creó a Adán, de él a Eva y de ambos al resto en el deseo que fuesen uno. Génesis 2 presenta al hombre y a la mujer como parte de una misma carne, el mandato era reproducirse y multiplicarse en otros seres a imagen de Dios. Él no hizo muchas almas, hizo una sola, de él produjo otra y de ambos los millones que hoy existen.  El profeta dice “¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios…” (Mal. 2:15). Era Eva diferente a Adán, pero se unirían y serían una sola carne, serían ambos Adán (Gén. 5:2). Ambos los unía la esencia, el mismo Padre y el cumplimiento de gobernar como un equipo (ayuda idónea), siendo uno con la tierra (adám- adamá).

Los proyectos humanos no logran unidad por la naturaleza caída

La humanidad sería una, pero la caída destruyó este fin, introduciendo vergüenza, culpa, miedo, y conflicto por el poder (Gén. 3:16). La naturaleza adámica portada en el hombre es el reflejo distorsionado de la imagen de Dios. Con la caída perdimos la filialidad divina y por tanto la hermandad. Dios sigue siendo padre de los espíritus (Heb. 12:9), pero no todos reconocen a su creador por su rebelde desconocimiento (Is. 1:2,3). Legalmente no todos son sus hijos (Juan 1:12) porque al caer en pecado le desconocemos, y colocamos la lealtad en la serpiente, el padre de los pecadores, homicida y mentiroso (Jn. 8:44). Se sabe de quiénes somos hijos por los hechos. Caín era del maligno pues sus obras eran malas pues eliminó a su hermano con quien debió unirse a adorar (1 Jn. 3:12).

Dios mira una división fundamental: los hijos de Dios y los del maligno. División no causada por él sino por quien sembró la discordia. Su plan es volvernos a adoptar aceptando a su hijo (Gá. 4:4-5).

El hombre pretende una unidad sin Dios. Génesis 9-11 indican que las naciones (etnias) que llenaron la tierra fueron descendientes de Noé y que había un solo pueblo reunido en la tierra de Sinar que hablaba un mismo idioma, y se propusieron hacer una ciudad y una torre que llegase hasta el cielo para hacerse famosos para no ser esparcidos (v. 4). El deseo era hacer una civilización para la gloria humana con una actitud prepotente, al verlo Dios descendió y confundió las lenguas y los esparció pues de otro modo no desistirían de su empresa autodestructiva. Había unidad en entendimiento por un mismo objetivo de grandeza, pero alejada de él.

Pablo diría que de una sangre hizo todo el linaje de los hombres para que habitaran todo el mundo y les prefijó el orden de los tiempos y límites de su habitación para que buscaran a Dios y aunque sea a tientas lo hallasen (Hch. 17:26,27). La división del lenguaje, de las familias, etnias y geográficas entonces fueron introducidas por Él, incluyendo los pueblos prehispánicos. El fin era que la gente buscara al Señor y lo hallaran mediante la naturaleza. Las naciones no obstante optaron por adorar a la criatura y se corrompieron (Ro. 1), siguieron edificando torres altas. Hoy esa empresa inútil se concentra en el poder económico capitalista mediante un globalismo poderoso, ¿es esta la unidad anhelada?

Israel fue puesto para guiar al mundo dividido atrayéndolos hacia Dios. El pacto abrahámico “sal de tu tierra y parentela… y haré de ti una nación grande” junto con el pacto sinaítico en el plan divino consistió en tomar, santificar para sí un pueblo por redención, un pueblo que viviese bajo una ley. Las naciones dirían “¿qué nación tiene un Dios como el suyo y leyes tan justas como esas?” (paráfrasis, Dt. 4:5-8). Entonces la gente que buscaba a Dios se acercaría a él al ver la luz alumbrando desde Israel. A su vez estos pactos incluían la separación de la idolatría, no emparentarse con ellos, no poder participar de la circuncisión, guardar el shabat, etc. Pero por su desligamiento de Jehová no lograron ser el centro unificador de los pueblos.

En Cristo se logra la unidad

En Hechos 2, reunidas todas las naciones el Espíritu reveló a ellos a Dios y nació UN nuevo pueblo. Pablo discurre respecto a la unión de los judíos y gentiles en Efesios 2:11-22 mediante Jesús. Ahí indica que las barreras de la ley como la circuncisión que los excluían de la comunión con el pueblo de Dios fue quitada haciendo UNA nueva humanidad de ambos pueblos, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Cuando nosotros leemos en Gá. 3:28 que ya no hay judío ni griego ( cultura), hombre o mujer (género), esclavo o libre (socio economía), sino “sois uno en Cristo Jesús”, no implica que toda diferencia humana sea quitada, sino que con ellas todos pueden ser pueblo de Dios, participar de las promesas, ser un pueblo que en conjunto participen de una fe, un bautismo, una esperanza, del triuno (Ef. 4:1-6) en la unidad del Espíritu para la gloria de Dios, entonces llevan a cabo el proyecto del reino de Dios no la torre de confusión (Babel).  El evangelio propone una interrelación de servicio, respeto y amor en medio de las diferencias (Ef. 5:22- 6:9).

El problema humano no tiene que ver tanto con las diferencias externas, sino que es relacional. Al volver al Padre mediante Jesús recupera su identidad y la imagen de Dios en él se renueva posibilitando la unidad anhelada. Echeverría- Falla comentando a Pannemberg (2010) dice “el “yo humano” es persona, tiene identidad personal sólo y verdaderamente frente al “Tú” de Dios que lo ha creado” (p. 26), entonces puede recuperar el tú con el prójimo. Las guerras, los odios generados por las pasiones internas (Stg. 4:1-2) son llevadas a la paz mediante la humildad, el perdón y el amor en Cristo.

Siendo Jesús el creador y logos ordenador (Jn. 1:1-3) vino a ser también el reconciliador, el mediador entre Dios y los hombres, también el exaltado rey y Señor de las naciones. El objetivo divino era reunir todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef. 1:10), y reconciliar consigo todas las cosas,… haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Col. 1:20). Así la división con Dios, los conflictos humanos y la desunión con la tierra son subsanadas por su sacrificio. Él reúne todo, lo santo y lo profano, lo inmanente y trascendente, lo de arriba y lo de abajo, lo que vemos y lo que no. Así el se constituye cabeza y primogénito de la creación, el unificador. En otras palabras, no hay unión fuera de él, las demás uniones son inútiles y contrapuestas.

Jesús forma una nueva hermandad donde él es el hermano mayor (Heb. 2:12). En Juan 17 Jesús oró por los suyos y no por el mundo, y pidió que fueran uno como él y el Padre. Esta unidad sería en el Padre y en el Hijo mediante la gloria de Cristo.  Jesús no dice que no haya que amar al mundo, de hecho, él dio su vida por ellos, aunque no le conocen (Jn. 1:11, 3:16), pero su comunión íntima es con los suyos. La comunión con el Padre y el Hijo nos lleva a una comunión con los creyentes al andar en luz (1 Jn. 1:3,7). De ahí que debamos promover la paz humana mediante el Unificador, haciendo un llamado a la comunión (común unión). Debemos amar a todos, aún a los enemigos, pero el amor fraternal es el logrado en la comunión de los redimidos. Al tener un amor fraternal mediante Jesús el mundo creerá y vendrán a la comunión (Jn. 13:35).

Ahora bien, si Pannemberg (Echeverría- Falla, 2010) dice que el “hombre como imagen de Dios significa que la relación con Dios, la destinación u ordenación a la comunión con Dios está en la esencia misma de todo lo humano” (p. 30) hay que añadir también que está destinado a una unidad plena con él y los demás en él. En el cielo se diferencian lenguas, tribus, pueblos y naciones (Ap. 5:9) pero en armonía y paz eternas.

Conclusión

El hombre es llamado a la unidad, pero la unidad humana sin Cristo siempre será fallida, no trascendente, pues proviene de un hombre pecador alejado de la fuente de la vida. Solo Cristo puede brindar unidad a todo y a todos por su redención y señorío, esta se manifiesta provisionalmente en la iglesia y finalmente en el reino eterno. Pablo exhorta a la iglesia para despojarse del viejo hombre y revestirse del nuevo el cual se debe renovar conforme a la imagen de Cristo hasta el conocimiento pleno, solo entonces logramos unidad, cuando él es el todo, en todos (Col. 3:9-13). Esto no es un panteísmo, sino a Dios llenando todo y siendo el fin principal de todos.

Referencias bibliográficas

Boff, Leonardo. (1976). Visión ontológica teológica de lo masculino y lo femenino. Artículos de selecciones de teología. Convergencia, Vol. 15 (57)

Echeverría-Falla, Cecilia. (2010, junio). Un intento de aproximación a la imagen de Dios en el hombre según Wolfhart Pannenberg*. Pensamiento y cultura, Vol 13  (1), 17-36.