Si Herodes el grande tuvo como carácter su malvada ambición y paranoia que lo llevó a asesinar a sus adversarios políticos, sus hijos no fueron mejores. Antes de morir Herodes dividió el reino en tetrarquías, en Galilea y Perea puso Herodes Antipas, en Traconite e Iturea estaba Felipe o Herodes Felipe, y Herodes Arquelao que fue depuesto en Judea para ponerse en su lugar a Pilatos.

Herodes (Antipas) tiene como características el ser voluble, supersticioso, adúltero e impulsivo como veremos en esta historia. Mateo 14 dice que cuando este tetrarca oyó la fama de Jesús, es decir, que hacía milagros y sanidades, que predicaba con autoridad dijo a sus criados que este era Juan el bautista que había resucitado de los muertos y por eso actuaban esos poderes en él (vv. 1,2). Al parecer Herodes tenía cierto respeto por el profeta, pero no tanto como para hacerle caso y conocía su poder, pero no conoció a Cristo y confundió las identidades, pero este era el rey anhelado por los judíos. El resto del pasaje indica que él mismo lo había mandado matar. ¿Le daría temor pensar que aquel que había matado estaba supuestamente vivo? al parecer esto consolaba su conciencia de haber matado a un justo y le llevó a mantener cierta distancia del Señor.

Herodes había prendido a Juan como una año antes, lo encadenó y lo metió en la cárcel porque aquel había denunciado que había tomado a la esposa de Felipe su hermano, es decir, con su cuñada Herodías. Semejante pecado de incesto tuvo que ser señalado por el valiente profeta al decirle que no era lícito tenerla. Él se enojó con Juan y quería matarlo pero tenía miedo al pueblo porque todos tenían a Juan como profeta (Vv. 3-5). Así que llegó hasta donde podía, tratar de impedir que este hombre de Dios le dejara mal ante el pueblo. Él no tenía temor de Dios, sino que temía una posible insurrección por parte del pueblo si lo mataba tan solo por decir la verdad.

La historia nos dice que en el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías llamada Salomé danzó en medio de los invitados y le gustó al rey la manera en que lo hizo, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese hasta la mitad del reino (vv. 4.6). Al parecer Herodes en la borrachera fue deslumbrado por el baile sensual de su hijastra e hizo una promesa arrebatada. Notemos que arrebatarle la mujer a su hermano fue hecho movido por sus deseos sexuales irrefrenables. La muchacha fue con su madre a pedirle un consejo quien le pidió la cabeza de Juan el bautista en un plato (vv. 7,8). Herodías odiaba a Juan por lo que decía sobre su relación incestuosa y aprovechó esta oportunidad para obtener su muerte. De aquí podemos deducir que ella era oportunista y aprovechada, una mujer ambiciosa dispuesta a hacer todo lo posible para alcanzar sus deseos.

Herodes por su parte se entristeció por esta petición, pero no por arrepentimiento y no estuvo dispuesto a negarse porque le había prometido con juramento a su hijastra darle lo que pidiese y porque allí estaban los invitados (v. 9). Fue la presión y la estupidez de hacer promesas a la ligera lo que lo llevó a hacer algo que en el fondo no quería. Su aprecio por el qué dirán lo presionó a hacer lo incorrecto. No quería quedar mal con el pueblo, pero al final sucumbió a la trampa de sus propios impulsos. Así que ordenó decapitar a Juan en la cárcel (v. 10). Tal y como Pilatos que entregó a Jesús aunque no veía en él cosa injusta, Herodes Antipas se dejó llevar por el deseo inmoral de otros.

Juan murió a manos de dos tipos sin escrúpulos, el rey y la reina en el olvido de una cárcel oscura pero sabedor de que el reino había llegado. Y les trajeron la cabeza en un plato cual si fuera una comida, y la muchacha lo trajo a su madre (v. 11). ¿Cómo una persona puede sentir satisfacción con tal escena de sadismo? ¡qué falta de temor de Dios! y ¡qué manera tan despiadada de vengarse!

Cuando oyeron esto los discípulos de Juan tomaron su cuerpo y lo enterraron; luego le dieron la noticia a Jesús (v. 12) quien al saberlo fue a Galilea a seguir predicando, es decir, no fue intimidado sino más bien fue movido a seguir con el ministerio. Los últimos reyes de Israel llenaron la medida de sus pecados, ignorando la voz de Dios que les llamó al arrepentimiento y al final ignoraron al mismo Jesucristo para su propia perdición.

¿Cuál debe ser nuestra postura ante gobernantes corruptos y perversos? ¿estamos dispuestos a hablar la verdad pese al sufrimiento? Hoy que vivimos en una democracia debemos procurar por elegir personas de moral comprobada, y no por déspotas, ambiciosos y perversos como Herodes y Herodías.