Una de las grandes diferencias entre los seres humanos y los animales es que nosotros podemos comunicarnos a través del lenguaje hablado. ¿De dónde proviene esto? Según la Escritura este es un don de Dios a la humanidad desde Edén. Antes de que la humanidad se esparciera ocupando los lugares mencionados en Génesis 10 habían estado primero en oriente y luego se asentaron en la tierra de Sinar (Gén. 11:2) bajo la dirección de Nimrod (Gén. 10:9,10). Hasta ese momento todos hablaban un mismo lenguaje y unas mismas palabras (Gén. 11:1), no se sabe cuál era el idioma original que los descendientes de Noé hablaban.

El asentarse en la tierra de Sinar en vez de dispersarse y llenar la tierra como Dios les había mandado (Gén. 9:10), era desobediencia a la voluntad divina. Pero Nimrod un poderoso cazador y líder de aquel pueblo los instigó a construir la ciudad de Babel y otras ciudades junto con Nínive (Gén. 10:10-12). Allí se pusieron de acuerdo para usar ladrillo cocido y asfalto, en vez de piedra y mezcla(3). Aquí se ve que no solo Nimrod los motivó sino que ellos mismos pensaban levantar una ciudad firme con los mejores materiales con que contaban y no hacer algo temporal.

“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” (Gén. 11:4) La razón de construir esta ciudad y esta torre que llegara hasta el cielo era para hacerse famosos, y no tener que esparcirse por la tierra como Dios les había ordenado. Aquí vemos tres males, el primero construir algo que llegara hasta el cielo no en el sentido físico literal sino hasta el lugar de los dioses, segundo hacerse famosos buscando la gloria personal y no la gloria de Dios, tercero oponerse a la voluntad de Dios de ir por toda la tierra. Estos son los llamados zigurats de las ciudades de Mesopotamia que eran templos escalonados de 90 m de alto y 90 m de base con 7 niveles. Es posible que este modelo sea el mismo seguido en el pensamiento de los egipcios que edificaron pirámides y de las culturas mayas, aztecas y de otros tipos que hicieron grandes construcciones y al final las dejaron abandonadas. Si tomamos en cuenta lo anterior diríamos que el orgullo humano hace pensar a los poderosos de la tierra que sus grandes imperios serán permanentes para siempre y que son inamovibles, olvidan que están de paso en la tierra, que la gloria es de Dios y que lo que permanecerá será el reino de Dios. Allí vemos casos como el de los babilonios, griegos y romanos.

El juicio divino
Dios descendió para ver la ciudad y la torre que estaban edificando (v. 5). Notemos que los hombres querían llegar al cielo con sus esfuerzos personales, así hacen aquellos que crean las religiones humanas, pero Dios descendió, como muchas veces lo ha hecho, en el Sinaí y en Cristo Jesús. Esta observación no fue desde el cielo, él bajó, posiblemente en forma humana como lo hizo en Génesis 18:1 cuando se encontró con Abraham. Él no aceptaría un informe angelical o un juicio desde lejos, quiso ver qué hacían en realidad. El Señor hace una observación y toma una determinación:

He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. 

Gén. 11:6,7

El Señor vio la unidad de propósito y todos hablaban un mismo lenguaje, se comunicaban claramente y se entendían. No solo eso, tenían una determinación muy grande en lograr sus malos objetivos. No solo era una cuestión pasajera o un sueño espurio sino una necedad orgullosa. Ante esta irremediable situación decidió descender de nuevo y confundir su lengua para que no se entendieran entre ellos. Dios dice “descendamos, y confundamos”, muchos han señalado que este es uno de los pocos pasajes del Antiguo Testamento que insinúa la pluralidad en Dios, la trinidad. Mientras que la multitud impía dijo “vayamos, y construyamos”; Dios contestó con un “confundamos”. Sin duda Dios les había dado un don, del idioma, también tenía la plena autoridad para quitarla o confundirla. Es como dice el Salmo 2:4 “el que mora en los cielos se reirá; se burlará de ellos” y los turbará en su furor.

De esta forma Dios los esparció por la faz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad (Gén. 11:8). Esta no es la única vez que el Señor dispersó a un pueblo, lo hizo con los enemigos de Israel e Israel mismo. Como un panal de abejas que se rompe, la gente de aquel entonces fue a los diferentes lugares mencionados en Génesis 10, quedando de manifiesto que no tenían el poder que decían tener, que no lograrían impedir los propósitos de Dios.

Por ello, a la ciudad le pusieron Babel (confusión) porque allí fueron confundidos sus idiomas, ya no podían entenderse ni ponerse de acuerdo para nada más (Gén. 11:9). Esto sucedió en tiempos de Peleg (división, Gén. 10:25).
y los esparció por todas las naciones. Dios esparció a la humanidad para que así desde sus lugares le buscaran (Hc. 17:26,27), pero levantó a un hombre de la descendencia de Sem para bendecir a todas las familias esparcidas y hacerlos volver hacia él.

En el libro de Hechos capítulo 2 cuando desciende el Espíritu sobre la iglesia los lleva a hablar en lenguas desconocidas que las personas allí reunidas para la fiesta comprenden. Dios estaba revirtiendo aquella gran maldición. Ahora Dios quiere llevar al mundo a ser uno pero en Cristo y a formar parte de una ciudad celestial no construida por manos humanas, sino por el creador. Esta para todos aquellos que con humildad vengan a él.